domingo, 3 de julio de 2011

ARLES

Grand Rapids. Ciudad de oficinas, unos cuantos restoranes de fast food, un museo de arte con una exhibición temporal de Lady Di y un negocio de carteras y suvenires.

Nieva casi toda la semana y la temperatura no levanta de los ocho bajo cero. Voy a ver el show del circo caminando por una serie de puentes techados y calefaccionados que atraviesan varias manzanas y me dejan dentro del estadio. Ya en la boletería el olor a pochoclo y grasas recalentadas envuelve el ambiente. Subo las escaleras y llego al pasillo que rodea el estadio: uno al lado de otro, los puestos de comida. Panchos saborizados con condimentos salidos de una máquina de sundaes. Pizza finita parecida a un triángulo gigante de papel de calcar, no sólo por el grosor sino también por el transparentado que le da la muzzarela recalentada. Pretzels cubiertos de queso cheddar derretido. Aros de cebollas y papas fritas. Nachos y burritos. Hamburguesas. Pochoclo. Batidos de frutas fosforescentes, cerveza y fuentes de soda de los que uno mismo se sirve la gaseosa en unos vasos de cartón de unos 20 cm de alto que, a la usanza local, llenará con hielo hasta la mitad, cargará de bebida, sellará con una tapa de plástico, le insertará una pajita y del que libará durante horas hasta que sólo quede el hielo, que masticará después durante un largo rato.

Huyendo de los libadores y los comedores compulsivos, entro al estadio y busco mi asiento. Entonces me doy cuenta de que huir es imposible, los libadores están también sentados en las butacas. Avanzando entre sus piernas, que se repliegan apretando baldes de pochoclos, llego hasta mi asiento. Frente a mí, música y escenario del show del circo con toda la poesía que supone, montado sobre un estadio con butacas hasta el techo, rodeado de carteles luminosos con publicidades de bebidas, celulares, autos y compañías de seguros. Estoy observando la cara de un basquetbolista que se forma luz por luz sobre una pantalla, cuando el señor de la pareja de al lado mío, me pregunta si estoy sola. De entrada nomás esto sonaría un poco raro, pero a esta altura ya no me sorprende esta artificiosa simpatía de los gringos. Contesto que sí, que vine sola, y el señor inmediatamente me presenta a su mujer, que está sentada al lado mío y que al instante caratulo de latina. “Alice”, me dice el señor, señalando a su mujer. Les contesto con mi nombre, todos nos damos las manos y le pregunto en castellano a la mujer de dónde es. La supuesta Alice se queda de una pieza y me jura que jamás se hubiera imaginado que no era americana… Entiendo que las dos fuimos igual de prejuiciosas y me atraviesa como un rayo la sensación de que ese mismo prejuicio ordena la suerte de los habitantes de este mundo. Enseguida Alice se vuelve a presentar pero esta vez lo hace como Arles… “mi marido me presenta como Alice porque sino acá no entienden”.

Arles es ecuatoriana, hace seis años que vive en Estados Unidos. Cuando se vino tuvo la suerte de haber podido traer a sus dos hijas, no como su prima de Ohio que hace siete años que no ve a los suyos. Viaja cada dos años a Ecuador a visitar a la familia, aunque le gustaría poder hacerlo más seguido, pero por lo menos ella puede, su cuñada de Michigan, ni eso…cosas de papeles, me dice. A Arles le sorprende que yo trabaje, ella cuida de la casa y su marido trabaja acá en Grand Rapids, aunque viven a una hora en auto en los suburbios. Lloró mucho Arles los primeros años, cuando todavía no manejaba y tenía que quedarse sola encerrada en la casa durante todo el invierno, lloraba sobre todo cuando sus hijas estaban en la escuela y mucho más después de que su suegra, que vivía con ellos y le hacía compañía, murió de un cáncer de riñón, “dios proteja su alma”.

En el intermedio Arles tiene calor, pero no se saca el abrigo porque tiene puesta una remera de encaje un poco transparente y le da vergüenza porque ninguna otra mujer usa nada parecido. Antes de despedirnos Arles me anota su nombre en un papelito, “para buscarnos en el facebook”, dice. Anota primero su apellido gringo de casada y después el latino. Se turba un poco cuando termina de escribir, me mira con una especie de sonrisa vergonzosa, como si hubiera sido descubierta haciendo trampa, “pongo los dos, has visto”.

Al día siguiente la acepto como amiga y me manda un mensaje de agradecimiento lleno de bendiciones, de deseos y de faltas de ortografía. Es curioso, todas sus publicaciones en castellano están llenas de faltas de ortografía, de unas faltas que denotan a las claras la carencia de escuela, pero cuando escribe en inglés lo hace perfecto. Imagino entonces que acá debe haber estudiado. O tal vez su hija menor, que como acaba de publicar en el muro, ha sido homenajeada en el colegio como alumna destacada, le corrige las publicaciones. En todo caso, las faltas de ortografía con las que cuenta en castellano que su marido, a quien llama “mi pelón”, le ha limpiado de nieve su auto, o con las que describe la colección de invierno que se compró en el mall y loa a Jesús por todas sus bendiciones, me dejan una sensación extraña, la misma sensación de soledad y de tristeza que me quedó ayer después de nuestro encuentro.

Cuando al día siguiente Arles publica en su muro, agradeciendo a dios la bendición y la alegría que una nueva vida trae a la familia, que su hija de diecinueve años está embarazada, y leo los comentarios de sus amigas, en el que todas le desean con las mismas faltas de ortografía que el nietecito le salga con ojos claros, el rayo del prejuicio organizando al mundo vuelve a atravesarme. Y me pregunto si Arles, que para los de acá se llama Alice, con su casa en los suburbios, su auto que ya sabe manejar, sus hijas en la escuela y su futuro nieto gringo, aunque no se anime a mostrar su remera de encaje y se ponga colorada cuando firma con su apellido local, habrá alcanzando al fin el sueño americano.